En la entrada anterior de las rabietas hablábamos de una herramienta esencial para gestionar las rabietas de nuestros pequeños. Hoy vamos a hablar de lo difícil que resulta a los adultos tratar sus propias rabietas aunque tenemos todas las herramientas en nuestras manos. Y como necesitamos tener empatía para entender a nuestros hijos.

La empatía

Se supone que los adultos tenemos las herramientas necesarias o deberíamos tenerlas para lidiar con pequeños problemas y no enfadarnos. Sin embargo no es así. Veo muchas personas enfadadas siempre. Incluso dentro del mundo de crianza respetuosa hay personas que se pasan el día odiando cosas. Actuan con prepotencia imponiendo como hay que hacer la cosas. Sentencian los métodos de crianza de los demás, utilizan un lenguaje violento para expresar sus ideas o pensamientos.

Reconozco que yo también he sido así en el pasado reciente. Pero adelantando otra entrada, diré que desde hace tiempo estoy controlando esas cosas. Y sobre todo desde que nació Cornelius Jr. Sin embargo, es muy difícil mantenerse al margen de esas actitudes porque los demás las usan continuamente. De hecho, cada vez participo menos en estos debates de crianza para evitar verme en esas situaciones que me llevan al límite de mi control. Por otro lado, está también de moda hacerse la víctima diciendo que eres mala madre o que te están llamando mala madre. En una entrada de un blog llegue a leer a una bloguera que decía que no le gustaba que se utilizara el concepto de mala madre. Luego lo usaba y definía desde su punto de vista. Pero bueno, es su blog y puede decir lo que considere.

Frustraciones

Y todo esto lo cuento para que se entienda que a los adultos nos cuesta mucho lidiar con los problemas y nos enfadamos y odiamos y gritamos e insultamos y nos hacemos las víctimas e intentamos imponer nuestras ideas con agresividad, etc. Y pretendemos que nuestros hijos de dos, tres, cuatro años sean suficientemente maduros para que no pasen por lo mismo. No nos fijamos que todo son frustraciones. Como decía Joan Manuel Serrat en la canción “Esos locos bajitos”: “Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción.” Todos tenemos frustraciones. Cada uno la lleva como puede, pero cuando vemos a un niño con una rabieta, no pensamos que es una frustración…

“Tenemos gran parte del trabajo, si entendemos que esa rabieta es exactamente lo mismo que hacemos los adultos pero sin las herramientas de los adultos.”

“No me obedece”, “no me escucha”, “me vacila”, “me intenta manipular”, etc. Eso es lo que suelen pensar los adultos de los niños con rabietas. No creo que nada de eso sea verdad.

Sus rabietas, nuestras rabietas, mis rabietas

Tenemos gran parte del trabajo si entendemos que esa rabieta es exactamente lo mismo que hacemos los adultos pero sin las herramientas de los adultos. Si somos conscientes de nuestras propias frustraciones, podemos entender más las suyas. Y no deberíamos quitarles nunca importancia aunque el motivo de la rabieta nos parezca una tontería.

La mayoría de los adultos no consideramos que mancharse en la playa con la arena sea motivo suficiente para llorar. O que tengas sueño y no te puedas dormir. O que el columpio de al lado al tuyo está ocupado y tú no querías que estuviera ocupado. Pero para un niño sí que puede ser suficiente motivo. Y al decirle que no es nada, que no tiene importancia, le niegas sus sentimientos por un lado. Y por otro lado, puedes provocar que la rabieta vaya a más. En cambio si entiendes que aunque para ti sea algo fútil, para él puede ser importante, puedes ayudarle a superar esa frustración. Ni que hablar de las comparaciones: “mira, el niño X no está llorando”…

Y si juntamos paciencia y empatía, estamos a punto de poder tratar las rabietas con respeto y amor. Es tan sencillo que hasta resulta extraño que casi nadie lo haga.
En la siguiente entrada hablaremos del poder de los noes.

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