Corría el año 1998, yo estaba en Brasil, me había quedado tirado en São Paulo y acabé en un hotel “regulero” del que no recuerdo el nombre y donde todos los huéspedes eran japoneses. Para distraerme un rato bajé a la sala de fiestas del hotel donde había un karaoke con canciones internacionales y muchos japoneses cantando canciones en inglés también regulero. Y aburrido como estaba, me decidí a demostrar mis dotes en la canción con mi entonces pobre português y con Tarde em Itapoã  de Vinicius de Morães con música de Toquinho. Aquí el recuerdo se turbia y me parece ver miles de aplausos en la sala. Vaya usted a saber…

Pero en realidad este prólogo no tiene nada que ver con esta entrada. Solo quiero contar mi experiencia en las tardes de sábado en IKEA con Junior y Sweet Bizarre y lo diferentes que las veo a las de otros con los que nos cruzamos.

Empezando porque mi cartera tiembla cada vez que vamos a visitar al ‘gigante sueco’. Llegamos a IKEA y vamos directos a la zona de cosas para niños. En ella hay una zona acolchada con mesas y sillas de niños, tiendas, juguetes varios… Al lado hay montados dormitorios y un poco más allá literas. Junior juega en la zona de niños un rato, con las cocinas. Le encantan, dice: “como papá” y claro que me siento lleno de orgullo. Es un honor que quiera cocinar como papá. Luego se sube al caballito, se mete en una tienda, pasa por un túnel de esos que se parecen a los que tenemos para los gatos, coge fruta de tela, hace, salta, ríe, juega. Mientras tanto, veo pasar a padres con sus hijos algunos entran y juegan, otros dicen: “es muy tarde, no podemos”, “ahora no, cuando terminemos”, “otro día”, “no y punto”.

Nos vamos a la zona de las habitaciones, abre todos los armarios, se tumba en todas las camas, en una pide teta y mi mujer se pone con él a darle teta. Aprovecho para medir, revisar y tomar nota en evernote de una litera que estamos pensando en comprar. Se sienta en una mesa, coge un lapiz que han dejado para que pinten y pinta en un libro de los de pega con páginas en blanco. Salta en una cama. Lo toca todo. Mientras tanto, pasan niños que juegan como Junior, y otros dicen: “no toque eso”, “no te subas a la cama”, “es muy tarde, no podemos”, “ahora no, cuando terminemos”, “otro día”, “no y punto”.

Después de todo ese rato nos vamos a la zona de sofás y entramos en una habitación de las que tienen montadas. Tiempo atrás a Junior le compramos un maniquí como el de la imagen de esta entrada. Y le encanta, le encantan los maniquíes de cualquier tipo, nos pasamos horas viendo escaparates de moda con él. En esta estancia montada de IKEA han puesto a modo de decoración cuatro maniquíes. Con ropa y pintados. Junior flipa, nos quedamos jugando con ellos, nos sentamos en el sofá de la estancia. Jugamos un rato. Nos vamos.

Pasamos por los sofás y llegamos hasta la zona de muebles de televisión y allí hay montada una zona de relax con un sillón donde se sienta Junior. Juega con Sweet a que están en una peluquería, primero Sweet le corta el pelo a Junior y luego al revés. Desconozco que más hiceron porque mientras tanto yo reviso una mesa de centro de comedor que queremos comprar y la apunto en evernote. Y veo pasar un niño llorando y prácticamente arrastrado de la mano de su padre.

Seguimos, llegamos a la zona de espacios de trabajo. Ahora me toca a mí, hay una mesa con un monitor y dos portátiles de pega que por distribución se parece a esta mesa donde estoy escribiendo ahora porque tengo dos ordenadores portátiles, dos de sobremesa y dos monitores. Junior me dice que me nos sentemos y me siento y lo pongo en mis piernas, pero me dice que quiere sentarse él y yo en otra silla, así que nos ponemos cada uno en una silla y con un ordenador y empieza a teclear y me dice que trabaje, y yo hago lo propio. Así estamos un rato, luego nos vamos a otro escritorio que tiene un elevador de portátil con otro portátil de pega. Allí descubre que las sillas son giratorias y se pasa un rato jugando con una, luego ve una lámpara como esta:

 

Y la coge diciendo “micrófono” se la lleva a la mesa con la silla giratoria, la pone y empieza a decir: “atención señores clientes de Leroy Merlín, en breves momentos la tienda cerrará sus puertas, por favor, finalicen sus compras y salgan lo antes posible”. Añado aquí que le encanta la megafonía, es una de sus grandes pasiones junto con los maniquíes y los ventiladores. Mientras tanto, Sweet está mirando unas camas que queremos comprar y mesitas.

Nos juntamos en las camas y Junior y yo nos subimos a una mientras Sweet sigue mirando. Nos vamos a los colchones y me pongo a anotar los colchones para las camas y cuando me doy cuenta no sé donde están, vuelvo hacia atrás para localizarlos y veo que están encima de una cama de exposición tomando teta.

Bajamos a la zona de abajo, donde está la ropa de cama, textil, iluminación, etc. Y ahí no nos entretenemos demasiado, porque Junior ya empieza a estar cansado y queda un cuarto de hora para cerrar. Cogemos una estantería de esquina de baño que queremos reemplazar, dos tarros para mis conservas, una taza para Sweet, bolsas de basura y alguna cosa más que ni recuerdo. Unos cincuenta euros.

Tiempo atrás en la zona de vajillas, Junior cogió un plato y se le cayó al suelo y se rompió. Yo fui corriendo para ver si estaba bien, estaba asustado, le dije que es normal que se asustara, pero que estaba bien y no le iba a pasar nada más. Que no pasa nada si se rompe un plato, que se paga y listo. Lo comenté con un empleado de IKEA que vino a limpiar y me dijo que no lo tenía que pagar. Mientras tanto, oigo a otros padres diciendo: “no toques eso”, “lo vas a romper”, “¿ves? te he dicho que lo ibas a romper?”.

Junior se lo ha pasado bomba. Nosotros hemos apuntado lo que necesitamos, hemos pasado una tarde estupenda todos. Nos vamos a casa a cenar y dormir. Otro magnífico día. Mientras tanto, otros han pasado un día de estrés con lágrimas, gritos, órdenes. ¿Es realmente necesario?

Síguenos en