Hay mucho escrito sobre el tema rabietas de peques. Casi todos coinciden en que empiezan sobre los dos años y suelen terminar sobre los cuatro. Y que es algo que se les acaba pasando. Unos dicen que se pueden corregir otros que se deben acompañar. Métodos para corregirlas y/o acompañarlas hay desde los abrazos hasta el cinturón. Respecto a qué método es el apropiado, desde mi pobre experiencia, no creo que haya uno concreto. Imagino que cada niño (o cada padre) necesita un método concreto. Pero sí creo que es importante leer bastante sobre el tema para tener una visión más amplia y así poder tener tu propio criterio y pensar que no siempre es suficiente la información que tenemos o la intuición. Sobre este último punto ya tengo otro post escrito Información, inculcación e intuición en la crianza de los hijos en el que según mi opinión, explico que la intuición en esta sociedad y en la crianza solo es posible si tenemos mucha información. De todas formas, no quiero tratar mi post sobre esto, si no, sobre algo que creo que se han olvidado de explicarnos/advetirnos todos los que han escrito sobre las rabietas y que no es otra cosa que…

Nuestro corazoncito, ese pedacito del alma que se desprende cada vez que ves llorar a tu bebé desconsoladamente.

Por mucho que leamos, por mucho que nos digan como tratarlo, no estamos preparados para verlo llorar sin saber por qué (cuando no se sabe por qué) y sin saber qué hacer para remediarlo.

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